LAS MOTOS Y YO: RIEJU SuperMarathon

Mi querida Rieju Super Marathon. Heredada de un amigo de mi padre como trueque, a cambio de sacar buenas notas y así poder obtener el carnet correspondiente. Esas notas no llegaron. El carnet, tampoco. La Rieju se quedó cual trofeo en una vitrina, solo para los que sueñan con llevársela algún día a casa.

La pobre estaba hecha un cuadro, faltaban tapas, cada rueda era de un padre y una madre y arrancarla era un suplicio. Por no hablar de la mecánica, carburaba fatal hasta el punto de ahogarse, frenaba un poco menos que lo justo y el tubo de escape por llamarlo de alguna forma parecía un colador. Aún así, era una pedazo moto para mí.

Pero vamos a narrar las experiencias de las pocas veces que he conducido esa moto, a cual más emocionante. Desde mi punto de vista claro.

El primer contacto fue intentar engranar una marcha, no sin antes aprenderme cómo funcionaban en una moto mientras cuestionaba qué sentido tenía poner el punto muerto entre la 1º y 2º marcha. Una vez asimilado el concepto y habiendo metido bien la 1º, empecé a soltar embrague muy suavemente al ritmo que daba un poco de gas. Nada, imposible. Se me calaba vez tras vez. Una señora que andaba por el taller me dijo: “pero eso es normaal… hasta que cojas el punto del embrague te seguirá pasando, en el coche es igual”. El punto del embrague pensé… eran los calambrazos que tenía yo en la pierna de arrancar la moto a pedal. Total, que no tengo muy claro si fue porque no llegaba a comprender esa relación entre embrague y acelerador llamado “punto de embrague” o si la moto no estaba por la labor de ponerse a andar ese día. La guardé tal como estaba al inicio.

Otro día, con el mismo procedimiento, todo fluyó a la perfección. La moto engranaba, el embrague respondía correctamente y el puño de gas actuaba como era de esperar. La Super Marathon se puso en marcha. La vuelta, muy corta pero intensa fue bordeando la manzana del polígono industrial donde estaba, que incluye unos 200 metros de una carretera. Aunque parezca una nimiedad, os recuerdo que la moto estaba como estaba y yo… también. El momento álgido llegó cuando en un cruce, un coche que venía por la intersección de la derecha se detuvo en el STOP para dejarme pasar, ya que yo tenía prioridad. Me puse nervioso, frené y apreté el embrague para dejarle pasar pero al ser yo el que debía pasar primero volví a acelerar de golpe. La moto, con sus 49cc levanto la rueda delantera y no me caí de milagro. Me gustaría ver la cara que puso el conductor del stop al ver al “chaval fliapao de la moto trucada y en buzo”.

La última vez que recuerdo haber conducido esta nostálgica moto fue un tiempo más tarde, cuando quedé por primera vez con un amigo para dar una vuelta cada uno en su moto. Él, que también tenía una reliquia de trial de la marca Fantic era muy aficionado a las dos ruedas y más hábil que yo obviamente. Lo que prometía ser una vuelta por algunas pistas y carreteras cuaternarias terminó en un paseo de menos de 20 minutos. A los pocos kilómetros, mi rueda trasera empezó a desinflarse gradualmente hasta que dijo basta, teniendo que volver casi por el mismo camino por donde habíamos ido.

A día de hoy, la moto permanece guardada, a falta de muchas piezas y llena de polvo. Y yo, sigo sin perder la esperanza de poder volver a ponerla en marcha y quién sabe si conducirla una vez más. Mi primer contacto con el manillar. El olor y el sonido. El impulso del motor que sin previo aviso arrastra tu cuerpo hacía atrás. Volar.

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