Reflexiones de mi primer viaje en moto I

Revisé el parte meteorológico de los próximos 3-4 días, recogí mi equipaje, y me dispuse a salir.

A finales de Diciembre del 2016, tenía 24 años y se cumplían 6 meses desde que logré sacarme de una vez el dichoso carnet de moto.

Fue en esos días de inciertas vacaciones navideñas cuando mi mente me pidió un descanso. Dejar en casa todos mis pensamientos, preocupaciones y emociones para salir a tomar aire fresco al lugar que fuese. Pero inmediatamente.

Así es como fui al garaje, le hice ojitos a mi moto y ella me devolvió el gesto arrancando sin rechistar.

En este corto relato, narro la experiencia que viví durante mi primer viaje en solitario sobre una moto.

Desde un principio lo digo, no es una hazaña, ni encuentro alguna proeza digna de ser mencionada simplemente por haberlo hecho. Solamente hay una razón que me lleva a escribir estas líneas y es el descubrimiento personal que supuso para mí este tipo de viaje y todo lo que me enseñó sobre uno mismo.

Decidí entonces que partiría desde la capital Navarra, donde vive parte de mi familia, ciudad a la que le tengo un especial afecto desde pequeño. El trazado recorrería por lugares que me llamasen la atención ya sea por haber estado en ellos anteriormente o porque sabía de cosas de interés para visitar. Dado que Navarra fue un importante reino, no hace falta investigar mucho para que su historia te rodee y te topes con lugares de interés histórico a cada kilómetro que recorres. Así que apunté los nombres de los lugares que me gustaría visitar, los nombres de las carreteras secundarias que me llevarían a dichos lugares y algún que otro desvío para tener como referencia.

Durante los primeros kilómetros mi mente se centraba exclusivamente en las señales de tráfico, olvidándome del resto. Una vez había hecho caso a los primeros, desconecté.

Empecé a fijarme en el cielo, en lo despejado y soleado que estaba para ser fin de año. En el viento que entraba por el casco y me sonrojaba las mejillas pero sin llegar a ser molesto. En lo bonito que se veía todo o por lo menos lo empezaba a ver yo. El embotamiento mental que traía de casa empezaba a desvanecerse. Los colores se avivaron, la moto se convertía en parte del cuadro que formaba el paisaje y yo me sentía tranquilo por primera vez.

Así es como llegué a Puente la Reina, donde me adentre por sus calles y callejones sin mapa ni guía alguno. Vi que esta forma de visitar los sitios hacía que prestase más atención a los detalles como las casas, los patios y los cruces por los que me perdía.

En esta parada debo destacar dos cosas. La primera fue la brillante idea de entrar en una tienda china y comprarme un palo de selfie. Después de todo lo que había criticado a la gente que no hacía más que sacarse fotos usando este dichoso palo, resultó ser un invento muy práctico  (nota mental: Intentar no criticar tanto el postureo si luego terminas siendo uno más) Así es como empecé a grabar videos cortos con mi movil sin saber para qué los quería o que saldría de ellos. 

La segunda cosa que me marcó fue el encuentro con un hombre de avanzada edad. Había nacido y crecido en Puente la Reina y coincidimos mientras cruzábamos el puente romano en direcciones opuestas. Detuve la moto y el hizo lo mismo con su paseo matutino. Se acercó con la ayuda de su bastón, observando a ese extraño joven barbudo mientras examinaba la moto a conciencia. Aquí comenzamos una conversación casual acerca de las motos, y lo mucho que nos gustaban a ambos. Él había tenido una en su juventud y me describía con emoción aquellos momentos de felicidad pasada como si hubiese ocurrido el mes anterior.

Estas cosas fueron las que empezaron a dar verdadero sentido al viaje y a ver que lo auténtico de todo esto no era hacer kilómetros y kilómetros encima de una moto, sino las pausas que hiciese y el provecho que sacase de estas.

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